Con cada cumbre alcanzada, mi ego crecía demandando más y más. Cada segundo disminuido en llegar, era alimento que lo agigantaba. Cada nueva persona alcanzada y luego dejada atrás, lo hacía más fuerte. Me acostumbré a llegar a la cumbre en solitario, el ego como única posible compañía.
Francisco, Rebeca, Gabriel, María Elena, Mábel, Consuelo, son algunos de los nombres de mis maestros ahora. Ellos no lo saben, en mi ser profundo yo lo sé. Suficiente para querer agradecerles desde la humildad sus enseñanzas que me posibilitan aprender y moverme a nuevos espacios. Toman mi mano llevándome a descubrir nuevas dimensiones de como vivirme los cerros. Me conducen en un tránsito por amables senderos, los mismos que recorrí, y que nunca vi. En este espacio, ellos comparten, se escuchan, contemplan, ríen y se maravillan. En este espacio, los cerros, dejan de ser un lugar para el ego, y se transforman en un lugar en donde solamente estar y ser.
A ellos, mi ahora nueva cordada, sincera petición de perdón, por todas aquellas veces que obnubilado por mi propio ego, no quise verlos. Gracias por esperarme, gracias por acogerme, a ustedes mi gratitud sincera.
escrito por Jorge Milla