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viernes, 26 de julio de 2019

Un fin de semana diferente

El pronostico del tiempo decía que a las 4 am iba a comenzar a llover torrencialmente y la lluvia duraría hasta primeras horas de la tarde.

Francisco y Anne Marie
Al despertar no caían gotas, el suelo alrededor de la casa estaba mojado, pero bastante seco, nada que ver con una madrugada de fuertes lluvias.
La deducción es que el pronostico se "chingó" y el día era apto para los cerros (a pesar que al partir en el auto se ve que cae un poco de agua).

Alejandra
Al llegar a la bomba de bencina inicialmente no se ve ningún auto conocido, pero de repente vemos a la Alejandra haciendo señas desde el interior de su bólido.
Nos paramos a conversar y decidir el destino. El Pochoco.

en la cumbre del Pochoco
Los tres partimos en mi auto hasta el estacionamiento del Pochoco, donde habían solo tres o cuatro autos, la misma cantidad que encontramos a medio día al volver. Poca o nada de concurrencia, algo no habitual, parece que todos le creyeron al hombre del tiempo.

quien habrá sacado esta foto ?
La subida fue muy grata, con mucha conversación sobre temas varios y sobre "cómo estamos". Ni una gota de agua.

Alejandra, Francisco y Anne Marie
En la cumbre nos sentamos mirando hacia "El Plomo" pero en realidad solo veíamos un poco del Pochocón y nubes. Tomamos frutos secos y la Ale llevo múltiples sándwich. Faltaron las tradicionales naranjas. Allí las nubes jugueteaban abriéndose y cerrándose y en algunos minutos botando algunos granitos de agua congelada.

en medio de la neblina
La bajada la realizamos lentamente, sin lluvia... y solo en la parte final nos comenzó a llover tímidamente, por lo que llegamos al auto con las parkas cubiertas de agua.
Valió la pena el riesgo que corrimos, por que no es grato caminar con lluvia y quedar mojados como patos.
Fue un excelente paseo.

(texto de Francisco Toyos, que andaba junto a la Anne Marie)

lunes, 16 de octubre de 2017

Familia Bunster y Salinas se encuentran en el Pochoco

Me llama mi hijo Diego el día anterior y me dice que van al Pochoco con la Elisa y otras personas; pero que partirán más temprano, para estar a las 8 en la Shell.
La Emilia mi hija, me avisa que irá conmigo; y la Alejandra me whatsappea que quiere irse conmigo; vive a pocas cuadras de mi .. depar.

la Soledad en el Mirador
Vamos en camino en el auto y sumamos a la Alejandra a promover el Pochoco como destino de este día.
Llegan la Soledad, Victor, Pancho y los tres que íbamos en el auto, más el Negro, pololo de la Emilia que llegó al final.
Y doblegamos a Pancho .. y a Víctor. Y partimos al Pochoco.

Alejandra y detrás la Soledad
En el primer tramo, en un punto, nos encontramos con una tenca, que a un par de metros nuestro, emitía los más variados trinos. Nos quedamos congelados, mirándolo y escuchando, como pasaba de una melodía a algo completamente distinto. Maravilloso y duró su resto. Fue un regalo de ese día, en un cerro plagado de flores.

flor amarilla
La Soledad, era primera vez que subía el Pochoco. Tomamos algunos resguardos en la parte empinada de rocas, ya cerca de la cumbre.
A la vuelta decidimos evitar esa parte y al parecer fue peor. Estoy viendo a Pancho de espaldas en el suelo, arrastrándose por una zona de tierra lisa, de pendiente, saliendo de ello todo entierrado. Me reí, pero para él no era tan gracioso.
Bueno, igual llegamos sanos y salvo a la ruta habitual.

Nacho, Guille, la Elisa, todos Salinas y Diego Bunster
Bueno, pasamos ese obstáculo y poco más arriba nos encontramos con el grupo de Diego que venía ya de vuelta de la cumbre. Aparte de Diego y la Elisa, venían el Guille y Nacho, hermanos de la Elisa, todos hijos de José Salinas, el de Osorno. Y también venían la Emilia y el Negro, que se habían desprendido de nuestro grupo e ido al encuentro de este grupo.

de derecha a izquierda, la Soledad, Negro, la Emilia, yo, Gabriel y el resto, los mismos de la foto anterior
Hicimos un alto, saludándonos, conversando y sacándonos fotos de las que ven aquí.

Logramos llegar a la cumbre, varios de nosotros, bastante cansados; es que tanto de Las Varas nos tienen no en el mejor estado físico. Ahí estaban Pancho y Víctor, que se habían alejado de nosotros hacia adelante.
Y celebración, era la primera vez de la Soledad Tagle.

primera cumbre del Pochoco por la Soledad
En la bajada, nos fuimos con cuidado. Unos más lentos que otros. Al final con la Emilia, la Alejandra y yo, nos alejamos bastante del resto del grupo.

flor azul
Y nos encontramos, bajando él también, con Jorge Quinteros, este viejo de 86 años, que nos contó andaba con sus alumnos que habían seguido más para arriba. Él anda con una molestia en un hueso de la cadera, así que no está en su mejor forma, nos dijo.
Él fue casado con una hermana de mi suegra, por eso lo ubico.
Y le sacamos una foto.

Emilia, Alejandra y Jorge Quinteros
Terminé, cansaado. Y la verdad anduve poco con Pancho y con Víctor, de subida como de bajada, por lo que no salieron en casi ninguna de las fotos.

Ahí vienen Pancho y Víctor entre la Soledad y la Alejandra

martes, 3 de enero de 2017

En solitario al Pochoco el primer día del año

Un Pochoco casi sin gente.

Primer día del año. Me levanto con mucho ánimo para participar en la salida con los Subecerros.
Preparo mi mochila.... pongo agua, frutos secos, muchos abrazos y infinidad de buenos deseos para compartir esta mañana.

Me dirijo al punto de encuentro, como es ya habitual atrasado. Llego al lugar de reunión, no hay nadie, en la calle típica ningún auto. Me detengo un rato a pensar que hacer.

Decido ir al Pochoco, en el estacionamiento dos autos, ninguno conocido.

Son casi las 9:00, dejo la mochila con todo su contenido en el auto y comienzo la subida. Todavía da sombra el cerro por lo que se hace mas liviano.

Cúpula del observatorio y muchas flores brindan lindo espectáculo
 A poco andar me cruzo con una pareja. Habían pasado la noche arriba mirando los fuegos artificiales de Las Condes y de Barnechea. Me comentan duraron 33 minutos. Me entero que hay una segunda pareja que también paso la noche y una niña con un perro que había subido esta mañana. Era el segundo que subía el día de hoy.

Eso me trae a la memoria que tengo el récord de ser el "primero en subir el Pochoco este siglo". El 1 de enero de 2001 me levante tempranísimo, subí cuando clareaba... ese día fui el primero en llegar a la cumbre...

Selfie de mi sombra
A mitad de cerro, en el mirador, saco una foto en que se ven cláramentes mis piernas y algo como mi cabeza. Los brazos los hice coincidir con sombras de las roca. Genero una extraña sombra.

Llegando a la cumbre
El cielo esta totalmente despejado, pero la vista hacia Santiago y hacia los cerros no es nítida. Hay bruma o algún tipo de polvo. Comparto unos minutos con la pareja y retorno. En la bajada no me cruzo con nadie, salvo al final donde encuentro dos o tres grupos (diez personas) que iniciaban la subida.

Feliz 2017...

(texto y fotos de Francisco Toyos)

lunes, 26 de diciembre de 2016

Medio Pochoco un 25 de diciembre

El llegar corriendo al punto de encuentro parece ser una constante de mis ultimas salidas con los Subecerros, pero por distintos motivos.
Esta vez mi plan era quedarme en casa, pero despierto con la necesidad de ir a la junta dominical.
Es tarde.... ducha, vestirse rápidamente y al lugar de reunión. Es tarde... Al llegar no hay nadie....

Sabia por Gabriel que planeaba ir y hacer una salida corta...

Francisco y Gabriel en el cartel de Ugo Ravera del Pochoco
No me atrevo a llamar a nadie por teléfono. Gabriel podría no haber cambiado planes pues pudo ser sepultado por la cantidad de panes de hamburguesas que lo vi cargando el día anterior desde la panadería "Lo Saldes". Esa cantidad de pan perfectamente podía haber minado su decisión de ir a los cerros y si lo llamo lo podría despertar. Del resto no se quien tenia intenciones de venir. Debo adivinar...

close up
Salida corta... Analizo:
- Las Varas obviamente..., voy a la calle frente a la bomba y no hay ningún auto. No es Las Varas.
- Las Caballerizas..., parto al Líder y ahí recuerdo (veo) que esta cerrado y no hay ningún auto en las vecindades. No son las Caballerizas
- Quizás llego solo Gabriel y en ese caso su destino es predecible: El Pochoco... parto para allá.

Un auto blanco en el estacionamiento me da la pista que puede estar allí, pero no recuerdo exactamente si es ese auto o no. Parto caminando, hay muy poca gente en el cerro.

pasando pasadizo
Al llegar a la mitad, al clásico mirador encuentro a Gabriel y nos sentamos en amena conversación. Tan así fue que esa fue nuestra "cumbre" del día. No hubieron mandarinas (no estaba Pacho) pero si le dimos el bajo a frutos secos que portábamos ambos.

Una nutrida y entretenida conversación nos acompaño hasta los autos, donde nos despedimos tipo 11:00 AM

Una corta y muy grata salida.

Feliz Navidad a todos !!! y nos vemos para inaugurar el 2017

(texto y fotos de Francisco Toyos)

domingo, 24 de abril de 2016

Medio Pochoco para dos

Llueve mientras inicio estas líneas al anochecer del domingo. Pero anoche, en la noche del sábado, llovía mucho más fuerte.
Hoy en la mañana se abrió un claro de ausencia de lluvia, que solo yo y Pancho Balart aprovechamos para arrancarnos al cerro.

Nos fuimos al Pochoco, algo que Pancho no acogió 100% pero calló en el momento de la decisión. Al bajar, algún daño sintió en una de sus rodillas, en algún trastabilleo, producto de lo empinado y estropeada de la ruta. Ahí me dijo, "con razón que no me gusta venir al Pochoco".
Veremos como sigue, en los días que siguen,

Pancho
Llegamos al Pochoco, tipo 9am y no había absolutamente ningún auto. Éramos los primeros, éramos los únicos.
Y subimos un rato así. Hasta que nos pasó un tipo casi al trote en ascenso. Yo lo ubicaba, de los tiempos en que solo venía al Pochoco.

Gabriel
Habíamos acordado con Pancho hacer un medio Pochoco, en vista del día y de que iba a almorzar a mi casa Tomás Izquierdo, con toda su familia.
Cuando íbamos llegando al Mirador, del medio Pococho, pasó este tipo, todo mojado, bajando. Llueve arriba, que estás todo mojado, le pregunté. No, me dice; es el agua de las hojas que paso a llevar y la transpiración. Iba con pantalones cortos y una especie de corta viento.

En el Mirador, donde la vista y el aire eran privilegiados, me comí tres mandarinas aportadas por Pancho. Conversamos, como habíamos conversado todo el tiempo, incluso dentro del auto mientras esperábamos a ver si algún otro llegaba.
Pancho
Que bien se está en el cerro, le dije a Pancho en un momento. Si, me dijo. La semana pasada, en que por lluvia no vine, al día siguiente sentía que algo me faltaba. Me duró como lunes y martes, me dijo.
El cerro no es un deporte para nosotros; es una necesidad del alma, a esta altura.

El aire estaba limpio como pocas veces. Incluso tenía esos aromas que tiene la naturaleza después de las lluvias. Y por el suelo, miles de pequeños brotes del pasto nuevo, que emerge, gracias a las lluvias, ansioso del sol para prosperar.

el pasto que viene
El Pochoco es exigente y por eso, medio Pochoco igual es un buen ejercicio. En mi auto ya, me miré al espejo y vi esos tonos colorados que me asoman en la cara, cuando he hecho un buen ejercicio.

Saludos a los que no vinieron y especialmente a los que prometieron venir y arrugaron a último momento, como mi hija Andrea y la Alejandra Cambiaso, que anda por Santiago.

martes, 8 de diciembre de 2015

Dos medios Pochocos hacen un Pochoco

Domingo en medio de un sándwich, de martes feriado. Llego al punto de encuentro, pasada la hora; no hay nadie. Me bajo del auto y busco dentro de la tienda de la Shell.
Me siento a esperar; nadie llega.

Como a las 8:45 parto al Pochoco. Tiempo que no venía a esta ruta, que pocos de mi grupo aceptan cuando alguien lo sugiere.

primer tramo del Pochoco
La subida es empinada, especialmente la última parte de esta primera parte. Avanzo y me detengo; mi estado físico no está de lo mejor.
Gente va delante y otros vienen por detrás. Es un cerro concurrido.

Llego al mirador a medio camino a la cumbre y decido que hasta ahí nomas llegaré. Estoy un buen rato y cuando ya me pongo de pie para irme, llega quien sería mi compañero de bajada, Rolando Melo.
No lo conocía y de alguna forma nos instalamos a conversar. Hicimos buenas migas.

Rolando Melo
Tiene sobre 70, es abogado operativo y suele venir por esta ruta.
Antes del último descenso nos separamos, pues él tomaría una variante.

Abajo, me encontré con Erling Villalobos (erlingvillalobos@gmail.com), un conocido subecerros, que vendía un libro escrito por él; se trata de El señor del Pochoco, la historia de Ugo Ravera Martini.
Conversamos dos palabras y decido comprárselo. No tenía las 10 lucas que costaba y me ofreció llevármelo y que le pagara después por pago electrónico, cosa que hice.

libro El señor del Pochoco
Bueno, eso fue el domingo. Hoy martes, día feriado, partí nuevamente a hacer la misma ruta y llegar hasta el mismo punto, al que había llegado dos días antes, con su esfuerzo.

Bastantes autos; debe haber sido porque llegué como a las 9:30 a la base del Pochoco.
Subí, nuevamente con gente por delante y gente más atrás. Cerro concurrido, vuelvo a pensar.

letrero de Ugo Ravera; atrás la cumbre del Pochoco
Llego al mirador con su esfuerzo y me instalo a descansar y apreciar la vista de Santiago, despejado, ya entrando el verano.

Decido bajar y poco más allá, me encuentro con José Luis Rodriguez, viejo amigo, con el que nos saludamos con gran algarabía. Estuvimos un rato conversando hasta que me dijo que se estaba enfriando y optaba por continuar.

Poco mas allá, entre tres jóvenes distingo a Diego Carrasco, de los Viejóvenes. Breve saludo y continúo la marcha.

vista a Santiago y el Manquehue
Llego al auto y en la ruta, ya andando, decido pasar a comprar un par de empanadas donde la Rosalía. Pregunto por ella a sus hijas que atienden afanadamente el local y una de ellas parte a buscarla. Al llegar nos saludamos y la invito a sentarnos afuera y conversar un rato.

La Rosalía está muy bien. Su caída del lado derecho de la cara no le impide ver perfectamente por los dos ojos. Me dice que se siente más joven que la edad que tiene, que no reproduciré aquí pues fue cauta al soltarme su edad.
Comentamos de la forma afanada de atención de sus hijas y me entero que es prima hermana del marido de la Tina, el restaurante Doña Tina en el Arrayan. Igual se parecen le dije, por la calidez en el trato con los clientes.

Rosalía, de las empanadas del Arrayán
Celebramos la iniciativa de habernos sentado a conversar y nos despedimos alegremente.

martes, 18 de agosto de 2015

Medio Pochoco en día soleado y frío

Salí raudo a nuestra cita de los domingos a las 9, cuando pasado Colón recibo un llamado telefónico de alguien que reclamaba si la pasaría a buscar. No entendía nada.
Soy la Maribel me dice, la del piso 6 de tu edificio; te mandé anoche varios Whatsapp. No los había visto.
Media vuelta y a buscarla; suerte que estaba muy cerca.

Maribel, Consuelo y José
Al acercarnos a la Shell de nuestra cita, el taco es total. Los autos en tres pistas están detenidos y prácticamente no avanzan.
Primero me llama José, que está estacionado en la vecindad. Y luego la Consuelo, que viene más atrás en el mismo taco.
Es el rash del ski. El día está soleado y está glorioso para esquiar. Todos han decidido ir. A ese ritmo llegarán muy tarde a las canchas.

en el Mirador, Consuelo, Maribel y José
Decidimos salirnos del camino y buscar una ruta más cerca del río, para llegar bajando desde la plaza San Enrique en Arrayan, a la bomba.
Ahí nos encontramos los cuatro que seriamos ese día: la Consuelo, José, la Maribel y yo, Gabriel.
Digo que tengo un compromiso de almuerzo en mi casa, por lo que propongo ir al Pochoco y que yo ahí haría medio cerro; hasta el Mirador a medio camino de la cumbre.
Y para allá partimos, cada uno en su auto.

Maribel Valdivieso
Avanzamos cerro arriba con detenciones intermitentes. Mi estado físico no está muy bueno para estos ascensos más empinados de lo habitual. Igual llegamos al Mirador en la vecindad de las 11:30
Nos quedamos ahí un buen rato, a contemplar la vista de Santiago y el smog que empezaba su ascenso desde el otro lado de la ciudad. Apreciábamos la transparencia del aire, que nos permitía ver al frente, la ruta del Alto del Naranjo y el Provincia, con total transparencia. Fantástico.

José
Mucha gente subiendo este cerro. De repente viene un grupo con un tipo con una radio prendida a todo dar. No podíamos creerlo.
Cuando pasan a la altura del Mirador, me pongo de pie y confronto al tipo con la radio y le digo a la distancia que se ponga audífonos, con gestos y gritos. Me responde groseramente y nos trenzamos en voceos de ida y vuelta. Eran un grupo de franceses; extranjeros. Le reclamo respeto en un país que no es el de ellos.
Parece que más arriba los de su mismo grupo le llaman la atención y silencia la radio.

estacionamiento Pochoco
Comimos algunas galletas de la Maribel, tomamos agua, disfrutamos de la vista y el descanso. José siguió cerro arriba y la Consuelo, la Maribel y yo, emprendimos el descenso.

Mucha gente subía contra corriente. Llegamos rápidamente abajo, nos despedimos y sería.

Un día esplendoroso y un ejercicio suficiente, al menos para mi. Aparte de la buena compañía.

martes, 17 de marzo de 2015

Dos solitarios, uno al Pochoco y el otro al Potrerito

El domingo recién pasado, amanezco y noto que mi computador tiene una hora distinta, una hora anterior que mi celular, Que cosa más rara y por sensación de tiempo, le creo a mi celular y le cambio la hora al computador y según ese horario me voy al punto de encuentro.

No hay nadie, ni nadie llegará hasta 15 minutos pasada la hora. Me bajo del auto y le pregunto al bombero de la estación de servicio, por la hora. Me da mi misma hora. ¡Qué raro!

cartel de Ugo Ravera
Bueno, decido irme al Pochoco, mi viejo clásico, que nadie en general desea subir cuando somos varios. Llego allá, me estaciono y me preparo. En ese momento, hay otros que también se preparan. Iremos varios grupos, unos mas adelantes, otros mas atrás.

Hay esa cosa competitiva, que me impulsa a no despintar. Resoplo; mi estado físico y sobrepeso, se hacen sentir. Pero le doy.

Poco más arriba, a medio camino de la primera cumbre, alcanzo a un viejo conocido, de mayor edad que yo, que va con un amigo más joven. Él es de origen asiático, muy cordial. Me detengo a conversar con él un rato.

una foto que tomé camino a la cumbre
Me cuenta que tuvo unas operaciones por mordedura de su propio perro; en el brazo. Me muestra las cicatrices. Que cosa mas rara. Lo que pasa, cree él, es que el vecino tenía a su perra en celo; y esa parece ser toda la explicación. Bueno, el perro fue sacrificado ,,, por desubicado.
Sigo dándole y llego bastante cansado al mirador, a medio camino de la cumbre. Ahí me instalo, a descansar, a contemplar el paisaje y básicamente, a estar ahí. Disfruto. Estiro el tiempo y decido llegar hasta ahí.

Después de un buen rato y haber tomado abundante agua, inicio mi retorno.

Me llama por teléfono la Andrea, mi mujer. Ah, antes había llamado, desde el mirador, a Pancho. Y me responde desde Madrid. Guau, eso sería todo. Pancho hasta se disculpa de no poder ir al cerro. Genial.

mi nieto Beltrán
Bueno, me llama mi mujer para decirme que estábamos invitados a almorzar, a casa de mis consuegros, donde estaríamos con mi nieto, hijo y madre. Apuré el tranco.

Y eso fue.

Eso no es todo. José, llegó más tarde y también subió solo. Y me mandó este texto:

Del vigor a la calma en el Potrerito

Llego puntual a las 08:30 según mi teléfono pero no hay ninguna cara conocida, solo algunos nerviosos asistentes a vuelos  en parapente tandem que fuman y se reparten entre varias camionetas VIP

Luego de esperar 10 minutos, bruscamente termino de despertar y veo que son las
9:40 en el reloj del Jeep, plop ! al mas puro estilo Condorito, estoy muy atrasado, sin mas reproches salgo con destino al Potrerito.
   
A la altura del estacionamiento oficial, una frágil niña con una evidente barriga de embarazada me hace dedo, va a su casa, tiene solo 17 años, cursa 4to. medio, es una especie de regalona del curso y de su pequeño colegio, todos la cuidan, su rostro brilla de alegría al hablar de su pronto baby shower, ropa de bebé, de sus amigas y amigos que son 'demasiado tiernos' repite una y otra vez, seguro que tiene menos edad que la señalada, su vocabulario infantil la delata pero no para de hablar y reír hasta que se baja muy feliz en el Paradero 6

Grata sorpresa al tomar el camino hacia la mina, esta todo recién asfaltado, me acompaña un persistente olor a bitumen propio del destilado petrolero. Estaciono raudo y enfilo rumbo al lugar donde se presentó por primera vez Fernando Saavedra, apuro el paso antes que el sol se suba a la mochila    

Cruzo la seca planicie, sorteando la enorme cantidad de guaridas de liebres y al poco llego al  objetivo pero no me detengo, curioso para saber que hay mas allá sigo caminando mientras silbo una canción de la época Scout tan antigua que ya no recuerdo la letra. Al cabo de un rato, se pierde la huella, hay varias opciones y sin mucho planificar sigo camino derecho hacia arriba, por donde  encuentre pie firme, jadeo y transpiro profusamente, hace rato dejé de cavilar sobre el pasado, solo siento el latir del corazón que vigorosamente me acompaña en el esfuerzo, casi puedo sentir el stent coronario que se aferra contra el torrente oxigenado de aire puro, puf., no doy mas, es hora de parar, volveré otro día, mas temprano y con mas agua

José despertando después de una larga siesta
Al fin quieto bajo un pequeño árbol como, bebo y descanso hasta quedarme dormido, no se cuanto rato, despierto solo por la incomodidad de las piedras y las  espinas de un improvisado refugio que bien vale su precio por la quietud que disfruto profundamente, me quedo un buen rato mas, quizás una hora guardando en los sentidos el silencio, la brisa el cielo azul

Vuelvo a  casa por la autopista sin control, autobahn chilena sin límite de velocidad aparente, varios jóvenes choferes se cruzan y me encierran pidiendo una justa estilo rápido y furioso, es un gran logro para ellos vencer a un modelo clásico con potente motor de 4 litros, pero no engancho, no me importa, tengo calma para toda la semana....

jueves, 25 de diciembre de 2014

P.V.E. al Pochoco con llovizna

Cuando llegué (Eugenio) estaba solo Pancho, en el camino pensé que por la neblina y llovizna quizá no llegaría nadie y tendría que volver a mi casa a inventar algo que hacer a esa hora, sin embargo estaba el siempre fiel Pancho y al poco rato apareció Víctor (P.V.E.).

Pancho y Eugenio
Un poco dudosos de si llegaría la lluvia, partimos en el auto de Pancho hacia el Manquehuito, sin embargo con solo acercarnos constatamos que estaba mucho mas cerrado y llovía francamente, entonces decidimos volver a los autos un poco decepcionados. Apreciamos que estaba levemente mejor hacia el cajón del Arrayán así que decidimos irnos al Pochoco, esta sería mi primera subida a este cerro resistido por muchos subecerros por lo resbaloso.

Pancho y Víctor
Aprovechamos el largo trayecto en auto para que Víctor nos contara de su reciente paseo a la patagonia donde recorrió lugares tan lindos como deshabitados y se nota que volvió con las pilas muy cargadas. Al escuchar su relato uno se pregunta por que no viajar mas si hay tanto por conocer y maravillarse de la naturaleza, en el caso de Víctor, como nos contó, el viaje fue organizado por un primo, que lo denominó "mistery tour" ya que todo fué sorpresa para los participantes.

vista de la niebla
En el Pochoco la visibilidad era muy poca y la neblina mojadora, así emprendimos la subida,  con la humedad se había apretado un poco el suelo. Pienso que las plantas deben agradecer mucho esa humedad en esta época del año.

pájaro
El primer tramo fue bastante silencioso porque la subida es pesada, mucha gente con perros que dejan sus regalos por todo el camino y que hay que cuidarse de no pisar..., mucho sendero que se divide, es un cerro muy transitado, aún con el tiempo malo habrían fácilmente unos veinte autos en la entrada.
Llegamos hasta un peñón rocoso que, de acuerdo a lo informado por Pancho en como la mitad de la subida, ahí nos paramos. No se veía nada hacia abajo, la visibilidad era de unos 10 metros.

Pancho y Eugenio
En ese punto nos encontramos con un abuelo y sus nietos, el abuelo portaba uno de esos bastones de Ugo Ravera, similar al que usa Gabriel, así que estuvimos conversando de este personaje que se ha transformado en el alma del Pochoco.

Después del breve picnic y conversa, empezamos a bajar, a ratos nos mojaron los chubascos y no faltaron los resbalones. En cerro está realmente muy erosionado.

Al llegar cerca de los autos notamos como la neblina había ido cediendo y la visibilidad aumentado.
Volvimos a los autos temprano para los respectivos almuerzos familiares.

Rico paseo, algo mojado pero muy agradable la conversa y la compañía.

(texto y fotos de Eugenio Lagos)

lunes, 8 de diciembre de 2014

Al Pochoco en familia

Llegué al punto de encuentro, con mi hija Emilia y su pololo, el Negro (Roberto Náquira) ... y no llegó nadie más. Sorpresa.

Emilia y Negro
Propuse el Pochoco, cerro vedado para nuestro grupo, así que para allá partimos. El Negro no lo conocía y siendo un clásico, quiso conocerlo.

Emilia
No mucha gente, ni autos, la verdad. Me quedó claro que en fin de semana largo en esta época del año, la probabilidad de arrancarse fuera de Santiago es total.

Sentí pesada la primera parte, por lo escarpada, lo roto de la ruta y quizás mi estado físico con sobrepeso y un grupo que no ha estado haciendo subidas muy exigente el último tiempo.

Negro y yo
Arriba me encontré con un viejo japones, que vengo viendo de años, en el Pochoco. Algo conversamos, me dijo su nombre, que por supuesto no recuerdo y su edad, 77 años. Llegaría ese día solo hasta ahí, que es donde está el letrero de don Ugo Ravera.

Seguimos subiendo hasta un descanso más largo, en el Mirador. Ahí disfrutamos de la vista y tomamos un poco de agua.

Emilia y Negro
Seguimos subiendo y al llegar hasta el plano, justo frente a la cumbre, decidí llegar a una pequeña cumbre, pasado el escalón de rocas y dedicarme a la contemplación, descanso y meditación. Invité a la Emilia que llevara al Negro a la cumbre y me pasaran a buscar a la vuelta. Y eso hicieron.

en el Mirador
Me instalé. medité un rato y después me interné a la sombra de un arbusto donde prácticamente me tendí y dediqué a escuchar insectos y pájaros; a estar ahí.

Negro alias Roberto Náquira
Esperé hasta que volvieron Emilia y Negro de la cumbre y bajamos lentamente, en buena parte debido a que Negro subió con zapatillas planas por debajo y los resbalones eran uno tras otro.
Hubo partes en que simplemente bajó sentado, en cuatro patas.

es lo que hay nomás
Ya en el auto, nos fuimos adonde la Rosalia y nos comimos sendas empanadas. Exquisitas, a $ 1.500 cada una.
Ahí conocí a una encantadora bisnieta de la Rosalía, de unos 10 años, que jugaba en la caja con los billetes.

Roberto
Una grata subida de cerro, en familia, con total ausencia de otros subecerros.