lunes, 28 de agosto de 2017

Un día nublado cerrado que se abre camino a la cumbre del Pochoco

El día amanece frío, nublado cerrado; nube baja. Miro para afuera y salgo, para sentir el día; decido vestirme y partir.

Al llegar ya estaban ahí Eugenio Lagos y José Salinas, mi consuegro.
Un rato después, llegan la Anne Marie y Francisco Toyos.
Antes que llegaran, los que estaban habíamos acordado ir al Pochoco. Francisco traía en mente los Llanos de Javier, pero aceptó el plan del Pochoco. Este es un destino que varios de los subecerros siempre rechazan; hoy no estaban.

Anne Marie, Eugenio y Francisco
Yo me fui en mi auto y el resto se subió al de José.

Gabriel. Eugenio y Francisco
Nos encaramamos rápido la primera fase, notando lo destrozado de la ruta, con socavones que han aumentado desde la última vez que anduve por aquí.
Hay más gente que viene a este cerro. Temprano no había tanta. Cuando bajábamos, nos cruzamos con un par de grupos grandes; uno de ellos de mujeres norteamericanas, con las que nos detuvimos algunos a conversar y a denostar juntos a su presidente, el tal Trump, que les avergüenza.

Eugenio
En el Mirador nos detuvimos a descansar, apreciando que incluso, más abajo, había una zona iluminada por el sol. De repente nos dimos cuenta que sobre nosotros, teníamos cielo azul y que el sol no nos llegaba, porque el cerro lo impedía.
De repente, sin movernos aún del Mirador, vemos los cerros hacia el norte, nevados, preciosos.
Y de repente, como de golpe, se abre todo y quedamos bajo cielo despejado. Una maravilla. No lo esperábamos.

José y Eugenio en la cumbre
Seguimos subiendo, ahora en un día despejado, apreciando las vistas y el paisaje, todo iluminado por el sol.
Subimos por la garganta de rocas, para luego tomar la ruta directa a la cumbre.
Llegamos dándole la espalda a Santiago, por la ruta más empinada.

Francisco, Eugenio, Anne Marie y José, descansando en la cumbre
Nos fuimos a tirar al suelo, donde solíamos estacionarnos antes en la cumbre, con vista hacia el Plomo.
Ahí comimos un surtido menú, que incluía almendras tostadas (no quedó ninguna), frutos deshidratados, manjar duro y chocolate con coco.
Llegaron unos pajaritos que se nos acercaron mucho, caminando y les dimos manjar y otras cosas, que comieron con avidez y nerviosismo, siendo nuestros acompañantes, buena parte de nuestro largo descanso.

cóndores a la vista en la cima del Pochoco
Ya cerca del las 12, decidimos iniciar el descenso, esta vez, hacia la derecha, por la bajada mas suave.
Llegamos abajo justo a las 13:30. Cansaditos, varios.

El descenso hay que hacerlo sin mucha conversación, atentos adonde ponemos cada paso, pues las caídas son un riesgo. El suelo está muy roto, en muchas partes del camino.

cambiaron la imagen por una carita sonriente
Antes de partir, ya de pie, vimos a tres cóndores en la cumbre, sobrevolarnos. Fue un espectáculo hermoso, que toda la gente que estaba en ese momento en la cumbre, compartió.

domingo, 20 de agosto de 2017

El verdor de una llovida primavera en el Huinganal

Día precioso. Despejado, aire limpio. Salimos de casa casi oscuro con el cambio de horario. Hace frío en el punto de encuentro; algunos van a sus autos y traen ropa adicional a la que tienen puesta.
Están la Soledad Tagle, José Salinas, Eugenio y la Isabel, y yo, Gabriel.
Destino las Caballerizas. Dejamos los autos en el Lider y seguimos en el auto de José.

Soledad, Isabel, Eugenio y José
La Isabel pide partir por la parte más empinada, cosa poco frecuente para nosotros; y eso hacemos.
El suelo está barroso y las posas de agua, con una capa de hielo. En las zonas sombrías, se ve el blanco de la escarcha.

La conversa es animada. A medida que vamos subiendo, cambia la temperatura, el sol va saliendo entre los cerros vecinos. Y nos vamos desvistiendo.

vista a la ciudad
Nos pasa un grupo de jóvenes; unas ocho personas. Después nos pasa un padre con un hijo, adulto ya.
Nosotros vamos sin apuro, sin presión, firme adelante.

Finalmente llegamos a la cima; donde los grupos se separan entre los que siguen hacia el Carpa y los que van a darle la vuelta al cerro a la izquierda; nosotros.

José, Soledad, Eugenio y la Isabel
Seguimos de inmediato para hacer nuestra parada de descanso en la mesa con banquetas. José y Eugenio van adelante. Yo me quedó atrás, un poco por delante de las mujeres, escuchando sus temas de conversación. Me gustan. Hablan de personas, de pacientes, de sexualidad, que hoy día se ha puesto muy promiscua entre los jóvenes. Además se separan muy pronto. Algo les preocupa de todo eso. A mi me intriga.

Es largo ese tramo hasta la mesa. Al llegar, ya está instalado José y al frente suyo, Eugenio. Me siento al lado de José y saco dos mandarinas, una barra de chocolates y un tarro con mas que nada almendras. Hay muchas más cosas sobre la mesa. La Isabel pone sus productos que valoramos varios y nos enteramos valen $  500 cada bolsita.

grupo de a caballo
En el camino a la mesa, nos pasa un grupo de a caballo. Van padres con sus hijos, uno de ellos de 6 años. A uno de los padres, se le ha caído su celular, nos enteramos más adelante por los gritos de Eugenio o José. De repente vemos que un adulto viene de vuelta tras su celular. Eugenio camina de vuelta con el celular en su mano y se lo pasa. Agradece, media vuelta y nos volvemos a separar.

Soledad e Isabel
Pasadas las 12, levantamos campamento y continuamos la caminata, ya de vuelta. Nos hemos abrigado y la primera parte, sombría, es helada.
A medida que bajamos, nos va pegando el sol y el suelo se va poniendo barroso; mucho. Veo en las suelas de varios, rumas de barro, que los alzan del suelo.

Eugenio, Soledad, José y Gabriel
Llegamos al cruce de calles, donde hay distintos grupos de ciclistas. Cruzamos saludos con algunos y seguimos. Vamos conversando, buscando las partes menos barrosas.
La vista de la ciudad es gloriosa. La conversación sigue animada.

José adelante y ese grupo de tres son Eugenio, la Isabel y la Soledad
Llegamos a los autos. Nos damos de patadas contra las piedras buscando desprender el máximo de barro posible. Nos subimos al auto que es un placer, sentarnos. Estamos cansados, más que otras veces, quizás por lo barroso del camino en muchas partes.

Y pa la casa, satisfechos, de un nuevo paseo, ejercicio y la conversa de un grupo bien sintonizado.

domingo, 6 de agosto de 2017

Seis hasta la canaleta de Las Varas y una al Alto del Naranjo

Detrás mio, llega al punto de encuentro, la Alejandra. Se sube a mi auto y al poco rato detecta a Pancho y Dirk parados más atrás en la vereda. Nos bajamos y muy luego llegan la Anne Marie y Francisco Toyos. Esos seriamos, seis. Y la Alejandra se desprendería de nosotros en la canaleta de Las Varas, para seguir sola, nuevamente, al Alto del Naranjo, cosa que me consta logró.

El día estaba nublado, más bien frío, pero con cielo despejado hacia la costa. Nubes altas.

al fondo Francisco, sentados Gabriel, Alejandra, Pancho y Dirk
El tranque de Las Varas, tiene muy poca agua. Y eso que estamos terminando el invierno y empezando la primavera. Mucho aromo en flor y frutales de flores blancas.

Fue tema el accidente de los Malayos, de los cuales nos acompañó una de sus miembros el domingo pasado. Nos contó detalles del suceso, donde ella participó. Pero lo que se me quedó ahora, son los procesos internos del cuerpo, en esas condiciones de extremo frío, que sufrió en particular la mujer que murió, tema del que Francisco mucho sabía. Pensé lo importante que es saber estas cosas, si uno va a estar expuesto a circunstancias así.
Él y la Alejandra mostraron equipamiento habitual de los Malayos, como pitos y espejos para hacer señas.

Francisco, Anne Marie y Alejandra
Llegamos a la canaleta, nos sentamos y hasta ahí nomás llegamos. Pancho tenía un almuerzo a la una y media.
La Alejandra nos recomendó a Boris Cyrulnik, cuando nos contaba que aun no se ganaba el Quino que compraba todas las semanas y qué haría con esa plata. Una media obra social en una población de las más pobres. Guau.

Dirk y Pancho
Comimos abundantes naranjas, mandarinas y tangerinas, más frutos secos.
Escuchamos la tenue música del agua que corría a nuestras espaldas.
Y bajamos, despidiéndonos de la Alejandra, que no logró arrastrarnos más arriba.

Francisco, Alejandra. Pancho, Dirk y la Anne Marie
Dirk recomienda la película de Michael Moore, Invadiendo el mundo, que además está en Netflix.

Bajamos tranquilamente, disfrutando del paisaje y de a ratos conversando.

En la Boletería pagamos, nos subimos al auto de Dirk y a casa.