Había llovida toda la noche. Mi mujer trató de detenerme, anticipando que nadie llegaría. Igual partí, empujado por ese instinto cerrero sea como sea.
Llego uno o dos minutos pasados las 8:30 No hay ningún auto, salvo una persona que camina por esa vereda, como yendo y viniendo. Me estaciono y después de un rato, golpea el vidrio de mi auto. Abro la ventana y me pregunta si soy Gabriel. Si, le digo y se presenta: soy Marcos Aburto y me pasó el dato Cristian Estay, que entiendo es parte de este grupo.
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Pancho, Francisco, José, Alejandra, Marcos |
Mientras hablábamos, ya él sentado dentro de mi auto, llegan Pancho, la Alejandra Cambiaso, Francisco Toyos y José Salinas, en autos consecutivos. Seriamos seis; notable para el día amenazante que enfrentábamos.
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Pancho y las nubes atrás |
Alto del Naranjo, dijo la Alejandro y ese sería nuestro destino. Nos fuimos en dos autos. Llegamos y no había guarda parque, por lo que no hubo cobranza de entrada.
El día estaba exquisito para subir cerros. El aire para mascarlo y respirarlo con profundidad.
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Marcos Aburto |
La conversación era animada en grupos de a dos. Marcos, el nuevo, resultó un buen conversador.
Descontando a la Alejandra, que en su espíritu jovial y dicharachero, animó y alegró especialmente el día.
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allá vienen Pancho, la Alejandra y Francisco |
Esta ruta, bastante transitada, nos puso en contacto con otros grupos de personas que ascendían, más rápido y más lento que nosotros. Incluso una pareja de extranjeros, jóvenes, bajaban de haber alojado anoche en la cumbre del Provincia.
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el que viene adelante es Francisco |
En el Alto del Naranjo, había tres carpas, pequeñas; cerradas. De seguro personas que habían alojado ahí y subían a la cumbre del Provincia.
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detrás venían la Alejandra y Pancho |
La verdad, Pancho y yo, llegamos a la planicie del Alto del Naranjo, exclusivamente porque la conversación de la Alejandra nos tenía distraídos. Nuestra costumbre del último tiempo son cumbres más bajas.
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partiendo desde el Alto |
Estuvimos poco tiempos todos juntos bajo el gran árbol del Alto del Naranjo, comimos unas mandarinas de Pancho y bajamos rápidamente, pues empezó a cerrar y a hacer frío.
En la ruta de descenso, paramos un minuto a contemplar un cóndor que nos sobrevolaba. Siempre un espectáculo glorioso.
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Alejandra, Francisco y Pancho |
Llegamos abajo, bastante cansados; yo al menos; sin ninguna gota de agua caída sobre nuestros cuerpos.
A esta hora de esa misma tarde, ya oscuro, llueve duro y tupido afuera.
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