miércoles, 12 de abril de 2017

Caminata por el valle de la Ermita

Seremos cinco: Eugenio y la Isabel, la Soledad, Víctor y yo, Gabriel.
La Isabel, pide un paseo suave, por la distancia de la última vez que vino; ha hecho poco ejercicio.

Víctor, Isabel, Soledad y Gabriel
Al final, fue tan largo el paseo, la caminata, que volvimos bastante cansados, llegando de vuelta al auto de Víctor a las 14:20; muy tarde.

corrales y ganado
Hicimos un primer intento por la ruta de los tubos. Chocamos con un muro y cero posibilidad de seguir por la orilla del río.
Cruzar el puente, lleno de hoyos, tampoco nos tincó, pues la ruta que queríamos hacer, nos parecía muy empinada en la última parte.
De vuelta al origen, pero por una ruta alternativa, que nos permitió descubrir todo un caserío detrás del puesto de empanadas.

conversando con Javier Beas
Dejamos el auto en la Ermita, al costado del puesto de empanadas y caminamos al paso típico, poco más allá, hacia Santiago.
Bastó que pusiéramos un pie al otro lado de la alambre púa, para que salieran dos perros a ladrarnos con fiereza. Reculamos y decidimos seguir caminando en la misma dirección que traíamos.

allá van los cuatro
Llegamos a un torniquete que nos habló diciéndonos: por aquí, pasen.
Un poco más abajo, corrales, llenos de vacas, terneros y novillos. Y gente manipulándolos.
Fuimos donde Javier Beas, sentado en su silla de ruedas, abocado a cobrar entrada a todos los que por ahí pasaran.
Nos cobró luca por nuca, conversamos un rato con él y seguimos.

disfrutando de la vista y ruido del agua
Belleza se ve en las vueltas del río que bordeamos y lo mismo los enormes álamos y arboleda por el sendero por el que íbamos.
Poco más allá, pasamos unas puertas de alambradas y nos internamos cerro arriba por unos potreros de verdes y abundantes pastos.

Eugenio, Soledad, Víctor e Isabel
Nos metimos en una zona boscosa, de arbustos relativamente bajos, luego de saltar un canal, cuya agua se desviaba íntegra hacia los potreros que acabábamos de atravesar.
De hecho, era tal la correntada de las aguas por uno de los canales, que iba por la mitad del potrero, que nos detuvimos un rato a disfrutar de su canto y vista.

una pequeña subida
Después de un buen rato caminando, llegamos a la orilla del río, donde instalamos nuestra "cumbre" y abrimos nuestros alimentos para compartir.
El río traía poca agua y unos perros, tres, que se nos habían adherido, empezaron sus movimientos de dame.
Comimos, bebimos, cominos mandarinas, conversamos, la verdad harto rato y nos devolvimos por el mismo camino.

por el camino en el bosque
Esta vez nos fuimos por el borde de la canaleta, hasta que ese sendero se enmarañó de zarza mora.
Como yo iba adelante con la tijera de podar, pasé una barrera que los demás no quisieron tomar, en cambio optaron por tomar un desvío hacia abajo, hacia los potreros.

Yo seguí solo, re tomando el mismo camino de ida y llegué adonde primero habíamos pasado esas puertas de alambre. Y ahí me quedé esperándolos, hasta que poco rato después, llegaron por la misma calle en la que yo estaba.

los perros
De ahí al auto, donde nos percatamos lo tarde que era y tomamos conciencia de lo cansados que estábamos.

Ya en mi auto, descubrí que la pila de mi control automático del auto, se había agotado. Tuve que abrir el auto con la llave e irme con el auto bramando. En la bomba de bencina me ayudaron a hacer las desconexiones y seguir a una venta de pilas en el Jumbo, donde en definitiva resolví el problema.
Llegué bastante pasadas las 3 a mis casa, donde el almuerzo estaba en pleno.

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