Cuando tuvimos los cafés en nuestras manos, nos esperaban en una mesa Víctor y la Soledad.
Esos cuatro seriamos.
La Soledad pide algo no muy difícil, pues se torció el tobillo en el verano y quiere no exigirle mucho al pie. Ella misma propone las Caballerizas y para allá partimos.
Dejamos tres autos en el Lider y seguimos todos juntos, en el auto de Víctor.
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Gabriel y Pancho; atrás la virgen |
Igual ella pensaba retirarse, pero los hechos del año pasado la convencieron de apurar su salida.
Qué cagada, pensé. La educación ya es un buen desastre, pero si los profesores, bastante mal pagados en general (lo se por experiencia propia), se empiezan a retirar, la cosa se pone realmente mala.
Tomamos la ruta de la izquierda, que es la de ascenso más suave. El piso por el que caminamos parece trumao del sur; al poner cada pie en el suelo, se levanta el polvo. Eso es lo que hay en los potreros circundantes, pura tierra.
Y de los árboles, demasiada mortandad. La sequía que nos embarga es brutal.
El día soleado, caluroso. La suave brisa algo nos ayuda.
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Soledad y Víctor; atrás Santa Martina |
Nos instalamos arriba en la virgen con mesa y banquetas, donde bebimos y comimos las cosas que llevábamos. Semillas, naranjas, básicamente.
Nos percatamos que Santa Martina dejó de regar las canchas de golf, que aparecen amarillas en buena parte. Así está la cosa.
Recuerdo que estuvimos mucho rato ahí, mientras pasaban para un lado y para el otro, muchos ciclistas, la mayoría de ellos con motorcillos escondidos.
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pisando el polvo del suelo |
El máximo placer, fue sentarnos en los mullidos asientos del auto de Víctor. Y a la casa.
Nota: un dato de un tipo de gimnasia sanadora de la Soledad: método feldenkrais (+)
Querido Gabriel,nada es como antes y el mejor ejercicio es seguir avanzando sin mirar atrás . Ya no serán los mismos paisajes,ni las mismas enseñanzas. Creo que sólo hay que entregarse a este río desconocido e impredecible.
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