lunes, 19 de octubre de 2009

En la Ermita a la cumbre de Los Secretos

Paso a buscar a la Rebeca como ya está siendo habitual, camino a la bomba a la entrada de Arrayán. Está nublado, con una neblina apretada, al punto que voy intermitentemente con el limpiaparabrisas en funcionamiento.

Sentados ya con nuestros cafés en la cafetería de la bomba, llega Claudio Zamorano y más tarde Pancho.

Con la Rebeca hablábamos de como la tecnología afectará al aula, tema de una charla que daremos en su universidad en los próximos días.
Mas tarde leeré en mi casa un cuento de Umberto Eco, en donde un alumno le pregunta al profesor: "Disculpe, pero en la época de Internet, usted,
¿para que sirve?". Provocativo, sin duda.

Después de un breve debate optamos por irnos a la Ermita, todos en el auto de Pancho, y subir el cerro que llamaríamos más tarde el de Los Secretos, por las confidencias que en su cumbre se han ventilado. Los cerros tienen esa característica, que la conversación se torna franca, sincera. Será que todos nos igualamos, a todos se nos caen las máscaras y nos vamos pareciendo más a quienes de
verdad somos y desde ahí la conversación se desliza casi por gravedad a veces a infidencias, incluso algunas que la persona nunca le había dicho a nadie.

Cosas de los cerros.

Caminamos en animada conversa hasta la torre que será hito a la bajada. Desde ahí la subida fue y es escarpada, esta vez dentro de una espesa nube, todos bien abrigados, con parcas incluso.
Para, descansemos, que Claudio está agotado, escuché de la Rebeca más arriba. Si, subimos animádamente, suspendidas las conversaciones, por lo pesado y escarpado del ascenso.

Teníamos una ilusión, que era de al ir subiendo, llegaríamos a un punto en que la nube se abriría y el sol nos regalaría su luz y su tibieza. Pero eso no pasó. Llegamos a la cumbre, y nos sentamos debajo de un quillay, más
pequeño que el del Alto, opero quillay al fin.

Comimos naranjas de Pancho y galletas de Claudio. Claudio sacaba fotos con una excelente máquina; veremos.

Suena el teléfono de la Rebeca; es la Consuelo que saluda desde algún lugar del plano, abajo, en Santiago.

Cuento que Reutter también amenazó con aparecer, si era capi después de
una celebración de un aniversario de matrimonio, del día anterior.

La bajada fue otra cosa. La Rebeca punteaba. De repente se abre un boquete y podemos ver el cerro del frente, al otro lado del camino y el retén de pacos de la Ermita. Incluso se ve sol en el cerro del frente.

Y así, se fue abriendo poco a poco, hasta tener al frente y arriba un glorioso día soleado. No saben las emociones que esta maravilla movilizó en nosotros. Incluso un par de cóndores salieron a disfrutar de las posibilidades de la buena vista y a transformar la escena en prácticamente voluptuosa.

Cuando el cielo se abre, ah, es una revelación. De la belleza, de la luz, de nuestra presencia en esos parajes; de conciencia de nuestro privilegio, del estar vivos, viendo y sintiendo.

Nos deteníamos, contemplábamos, y seguíamos. La bajada era abrupta. Riesgoza en ciertas partes. Ciertas rutas, optábamos por virarnos, pues la pendiente era excesiva y alguien podía caerse y rodar más de la cuenta.
Finalmente, llegamos a la torre y de ahí en adelante, nuevamente caminata plácida en el contexto de animada conversa.

Llegamos al auto con un día encima, totalmente despejado; con un Plomo glorioso.

Arriba del auto, música y a la casa. Una excelente mañana.

2 comentarios:

  1. Anónimo10:00 p.m.

    Llamé a la Rebeca para saludarlos y saber por dónde andaban. Yo iba con un grupo del DAV rumbo a la laguna El Copín, que está en la cordillera frente a Los Andes. Un lugar lindísimo. Fue un paseo muy entretenido.

    Cariños,

    Consuelo

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  2. Gabriel:

    Me gustó mucho tu recorrido del dia en este cerro. Le pusiste un condimento nuevo a tu posteo, aún lo estoy descubriendo. Eres alguién más conectado a la emoción. Creo que por ahí vá la cosa.

    Gracias!!

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