Propuse irnos al Potrerito que intuíamos estaría muy verde dada la época del año y lo variable de la primavera.
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José, Dirk, la Anne Marie y la Soledad |
Se nos hizo largo el camino, en un momento Dirk pensó que nos habíamos pasado, pero finalmente reconocimos la casa de piedra y el ensanche del camino donde estacionamos siempre, frente a la subida.
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en plena danza de paneuritmia |
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José, la Anne Marie y la Soledad; Potrerito detrás |
Un piño de vacas con algunas crías nos vieron llegar y sigilosamente se desaparecieron.
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Potrerito |
La Soledad no conocía el lugar y estaba impresionada por su belleza. El suelo del Potrerito estaba tapizado de una flores blancas y moradas muy chicas y casi planas que formaban manchones grandes entremedio de las galerías que excavan los "cururos" y de una maleza que le llaman "correhuela".
A lo lejos distinguimos el pueblo de Farellones así que calculamos que estaríamos mas o menos a la misma altura.
Nuestro objetivo ahora era un roquerío que se ubica al norte de la planicie, así que para allá partimos.
Subimos por la izquierda, lado poniente, entre medio de un pequeño bosque y mucho matorral bajo, hasta que llegamos a un pequeño plano, justo al lado del roquerío, donde hacia el poniente hay una quebrada casi vertical.
Dirk recordó que estando en ese mismo lugar nos encontramos por primera vez con Fernando Saavedra, gran personaje de avanzada edad, que recorre solitario los cerros cantando a voz en cuello tonadas mejicanas y otras por el estilo.
Nos pusimos a la sombra y compartimos lo tradicional: unas naranjas y algunos frutos secos.
Como a las 12 empezamos el regreso.
Entremedio de unos árboles nos topamos con el piño de vacas que se habían escondido de nosotros al vernos llegar.
Nuevamente en la bajada gran cantidad de mariposas gozando con las flores silvestres.
Antes de abordar la liebre escolar de "tío" Dirk, en pleno camino, Anne Marie nos guió unos ejercicios para elongar la musculatura, los operarios de la mina que pasaban a esa hora en buses, de bajada, nos quedaban mirando mientras elongábamos concentrados.
En el camino de vuelta, nos quedamos maravillados por los enormes manchones de dedales de otro que tiñen de naranja los cerros.
Muy rica caminata.
(texto y fotos de Eugenio Lagos)
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